AL SON DE LA VIDA…
Se sentó en la orilla del río y oyó el susurro de las aguas. Y por primera vez en mucho tiempo respiró libre, feliz y soñadora, sin ataduras. Sola, con los pies sumergidos en la fría corriente, se sintió acompañada por la vida y vio cómo su vida danzaba al son de esa música alegre que siempre había querido oír susurrar a los años.
Había sido una época dificl para ella. Aunque había tenido apoyos, nunca se sintió verdaderamente acompañada y siempre vio la soledad como ese amigo inseparable en noches de lágrimas.
Todo vino de la nada y comenzó sin un porqué, pero la vida de repente se hundió en el fango, en un agujero negro que había absorbido sus razones más poderosas para sonreír. El vacío se apoderó del tiempo; las horas pasaban sin sentido en un vaivén de reproches a sí misma, en una decepción constante. Llevaba veinte años con los pies en la tierra y no sentía nada. No había conseguido más que un puñado de relatos sin principio ni final demasiado escasos de sensaciones para que le llevaran a ningún lugar. Buscaba sin parar ese camino que le llevara lejos, soñó demasiado con algo que nunca iba a encontrar.
Pero el tiempo le hizo comprender que la vida son todas esas canciones que suenan a nuestro alrededor mientras nosotros las planeamos incansables. Estamos tan cegados por lo que esperamos tener que cuando se nos da la oportunidad de vivir algo increíble, no lo vemos venir. Acabó aprendiendo que “si la vida te da limones, haz limonada”, que la vida estaba pasando frente a su puerta mientras ella se quejaba por no haber alcanzado eso que siempre había soñado.
Fue allí, sentada en esa orilla, con sus pies contra la corriente, con el viento rozando su rostro, cuando decidió aparcar, que no olvidar, sus ilusiones para cuando tuvieran su oportunidad, y resolvió vivir su destino con una sonrisa en los labios y viendo en cada pequeño detalle ese agrado que nunca supo divisar. No se contentó con lo que tenía, sino que aprendió a ver que su vida no era esa carretera sin rumbo por el que siempre creyó avanzar.
Y el viento meció las hojas de los árboles y la música empezó a sonar…
NO… NO… NO…
Los ojos se me cierran. La vida se me va. Se me va de viaje al mundo de los sueños. Donde nada es lo que parece, donde todo es lo que esperamos tener. Donde ni tú, ni tú existís. Donde la vida es calma placentera, embriagadora y sin fin.
Acompáñame al mundo del descanso eterno, de la existencia inmortal. Dame la mano y paseemos por los campos verdes de sueños ocultos y perturbadoras nostalgias. Vamos a luchar hasta el final, no desistamos nunca.
Déjame que te lleve donde el amor no tiene sexo, donde yo soy tú y tú eres quien quieras ser. Acaricia mi pelo, besa mi frente, roza mis labios. No me sueltes y agárrame con fuerza. No te vayas de mi lado, no me dejes de abrazar. No me abandones jamás… no… no…
Y cuando la realidad vuelva a ocupar las horas de esta vida sin sentido, no me digas que todo ha sido en vano y permíteme soñar.
RECUERDOS
Y en ese preciso instante, sentado junto a la fogata del bosque, se dio cuenta. Nunca lo había tenido tan claro, tan nítido, tan transparente. Nunca había sido tan sincero consigo mismo. Fue esa noche, metido en su saco de dormir, refugiandose del espeso frío, mirando las llamas y escuchando su crepitar, cuando se dijo a sí mismo la verdad.
La había querido tanto que su amor le había cegado. Una espesa bruma había nublado su mente y le había hecho entrar en una espiral de recuerdos que con esfuerzo y empeño crearon una realidad que hacía ya tiempo había desaparecido. Los comienzos fueron emocionantes y alegres, casi perturbadores. Pero a la vez que ella iba mostrando su verdadero ser, él dejaba de quererla, aunque se resistiera a creerlo. Prefería mirarla y contemplar su sonrisa que apartar la neblina que empañaban sus ojos de un simple soplido y ver la cruda realidad: ella ya no era la misma para él. El tiempo, los actos, los hechos, le habían hecho ir despertando de ese increible sueño que habia llegado a ser estar a su lado.
Y fue ahí, mirando el fuego consumir la madera cuando se reconoció a si mismo que estaba enamorado del recuerdo de alguien que nunca volvería a ser la persona que conoció.
LA PIEDRA
Ni principio ni final. Siempre un bucle infinito. Una rueda que no para de girar. Pero no se rinde: sigue buscando la piedra que haga que tripiece, que se detenga. Una vez creyó encontrar una, pero no debió ser lo suficientemente grande, porque la maquinaria pronto volvió a ponerse en marcha, aunque mucho más despacio, como si le costara subir una cuesta empinada.
No será porque no ha puesto trabas y no ha inventado excusas inverosímiles y sesudas; pero nada, no lo consigue. Lo ha intentado, de veras. El problema es que no busca un clavo, busca una piedra, una fuerza interior oculta entre luces y sombras que resuja, cual ave fénix, de las cenizas que quedan de ella, de la que fue, y que la haga pensar en la vida como alguien de su edad, no como una persona que hubiera cambiado el mundo, su presente y su futuro por pasar un solo minuto a tu lado.
A veces sigue imaginándose cómo hubiera sido su vida si esa noche tu respuesta hubiera sido otra, si tú también hubieses decidido cambiar tu vida por ella. Pero quisiste mantener algo que nunca ha vuelto a ser igual, algo que echa demasiado de menos: una simple amistad donde ella se negaba a creer que te pudiera querer tanto.
ORGULLO
Todavía lo recuerda. La ropa que llevaba, el color del cielo y el olor del coche. El lugar, el momento, el día. El momento más feliz de su vida: una simple mirada que le abrió las puertas a un mundo desconocido y por descubrir, su propia América. Así se llamaba ella. América. La chica de la sonrisa demoledora, la de las caricias eternas. La que esa tarde le mostró el otro camino, una vía de escape.
Sofía siempre fue la cara y la cruz de la vida. La vida y la muerte, la alegría y la tristeza. No tenía esperanza en el amor, quizá porque tuvo demasiada en su día y acabó cayendo por el desagüe para acabar en las alcantarillas. No se recuerda día en la ciudad en la no se la viera junto a América, la chica a la que nadie conocía, el muro de piedra. América la miraba y callaba. Siempre fue así.
Una tarde de esas como otra cualquiera pusieron en marcha otro de esos planes que llenarían un sábado de cualquier mes, las tres c: coche, cine y cena. Quedaron con el resto de la tribu en el centro y ellas emprendieron el camino juntas. América conducía, Sofía miraba por la ventana intentando no pensar en aquel nerviosismo intenso que había aparecido hace días y que la tenía inquieta y desconcentrada. Hablaban de todo y de nada, como de costumbre. Hasta que, jugando, sin malicia, Sofía fingió enfadarse. En ese momento, el semáforo de la rotonda del barrio cambió de color y el coche frenó. América, a la que le encantaba seguir estas bromas, aprovechó la parada para acercarse a Sofía con sigilo y disimulo y la miró. La atravesó con esos ojos sin nada de especial que escondían la mayor ilusión y tormento que existían sobre la Tierra. Sofía se paralizó. América solo dijo una frase: Anda, no te enfades, por favor. Palabras simples. La cuestión fue cómo se pronunciaron. La ternura, la delicadeza y el amor que salieron de sus labios dejaron a Sofía petrificada. Algo parecido a un temblor salió de la nada y una leve sonrisa apareció junto a él. Y como por arte de magia y sabiendo el semáforo cuando hacerse presente, el color cambió y le verde hizo a América devolver su cabeza a la carretera. Sofía todavía temblaba. Y lo único que no recuerda es si fue de emoción, de miedo o de incertidumbre.
Fue el inicio de una historia sin principio ni final porque nunca fue el mundo tan cruel de dejar a dos mujeres colgadas de un destino con caminos diferentes, con valentías dispares y con sueños demasiado alejados de la realidad.
LOS PLANES DEL DESTINO
Te lloré y nunca lo supiste. Te quise y te lo tuve que decir. Y ahora te escribo para que nunca me leas, pero te escribo para decirte la verdad.
Lo hubiera dejado todo por ti. Todo. Hubiese cambiado mi vida entera para poder estar a tu lado, me hubiese escondido en el más oscuro lugar. Pero no me dejaste demostrarte que podía ser para ti esa persona que todos buscamos. Es cierto que nunca fui tu tipo… o eso decías. Nunca probaste, aunque estuviste cerca.
Nuestra relación siempre fue especial. Hubo algo, chispa, química. Pero todo estaba en nuestras mentes. Ahora me doy cuenta de que yo necesitaba a alguien a quién querer y tú necesitabas que te quisieran. Fue algún plan malévolo del destino y no supimos como pararlo.
En realidad no te culpo, no demasiado, porque a mí, la verdad, me gustaba. Era una especie de masoquismo interno al que me esposé y tiré la llame que abría paso a la realidad. Me engañé. Dos veces me pusiste los pies en la tierra, pero tus palabras y tu actos me volvieron a teletransportar a ese estado frenético en el que pasé los mejores meses de mi vida, eso días en los que la esperanza, por muy oculta que estuviese siempre salía a la luz para darme en las narices, por mucho que luchara con todas mis fuerzas contra ella.
Pero un día desperté. Y volví a ser yo. Y bajé de las nubes y volví a ver todo con claridad. No eras para mí, no con a ese ritmo, no sin recibir nada salpicado de realidad. Puse punto y final a algo que, en cierta manera continúa, pero solo en tu mente ingenua.
Sueño lo imposible, sí. Pero esta vez no me pareció que la sílaba im estuviera en la frase. Fuiste lo más cercano a un amor de verdad que he tenido en mi vida… aunque todo fuera una burda broma del destino.
ESOS OJOS…
Mi historia no es heroica: no ocuparía la portada de ningún periódico ni se dejaría oir más allá de las cuatro paredes de mi casa. Y mucho menos en estos tiempo. No soy ejemplo para nadie. Solo soy un chico más. Mi historia es solo la de un hombre que lleva demasiado peso sobre sus espaldas. Un peso en forma de sentimiento prohibido…
Hace unos meses llegó al pueblo un chico de mi edad, con sus padres y sus dos hermanas. Alguien más obligado a vivir en este pueblo sin futuro. Su padre había conseguido un buen puesto en el banco y su madre trabajaría en la nueva panadería del pueblo. Sus dos hermanas eran todavía pequeñas, asi que irían a la escuela con el resto de niños.
Las dos crías pululaban a menudo la verja de nuestra finca. Se llamaban Lucía y Soledad. Eran dos niñas rubias con apariencia adorable que escondían un pequeño demonio dentro. Mi madre siempre las observaba curiosa. Yo ya era demasiado mayor como para que siguiera jugando con ella así que le despertaban un cierto instinto maternal . Pronto se conocieron y mi madre se unió a sus juegos. Pasaban muchas tardes juntas. Cintia, la madre de las niñas, también acabó juntándose con las tres. Resultaba divertido ver como dos mujeres y dos niñas jugaban al escondite mientras se ponía el sol.
Cintia y mi madre, acabaron siendo muy buenas amigas. Gracias a esto, mi madre convenció a mi padre de que contratara a Jesús, el hermano mayor de la familia, para que me ayudara con las tareas del campo. Tampoco tendría que hacer gran cosa, solo debía echarme un capote; mi padre ya era mayor y no podía trabajar como antes.
A pesar de la amistad que unía a nuestras madres, Jesús y yo nunca nos habíamos conocido. Yo pasaba la mayor parte del tiempo trabajando y nunca había tenido tiempo de visitar la casa de Cintia, a pesar de sus numerosas invitaciones. Así que conocí al que sería mi compañero de fatigas el mismo día que entró a trabajar. Yo estaba limpiando las cuadras cuando se acercó por detrás y me dijo “Hola, soy Jesús”. Me dí la vuelta y vi frente a mí a un chico moreno, mas o menos de mi altura y con ropa de trabajo. Al darme la vuelta la luz del sol me cegó y no logré ver bien su cara. Me moví del sitio para saludarle y cuando le vi me quede… helado. Nunca, en toda mi vida, había visto unos ojos iguales a los suyos. Eran de un azul tan intenso que llegaba a resultar eléctrico. Me recorrió un escalofrío por la espalda. De repente me sonrió y me dijo “¿Te encuentras bien?”. Ahora lo pienso y creo que me quedé blanco. Intenté disimular la sensación que me recorría el cuerpo y, intentando disimular mi tartamudeo, le dije hola y comencé a explicarle como funcionaba todo.
Las siguientes semanas había mucho trabajo que hacer. Jesús y yo pasábamos mucho tiempo juntos. Lo pasábamos bien. Teníamos los mismos gustos y nos reíamos de las mismas cosas. Incluso me empecé a dar cuenta que en el trabajo funcionábamos tan bien porque pensábamos al unísono. En poco tiempo se empezó a cuajar una buena relación.
Un mes después de que empezáramos a trabajar juntos comenzó la temporada de frío, por lo que pasábamos la mayor parte del tiempo en el granero o con los animales. Una noche, después de terminar de recoger todo el corral, mi madre le invitó a cenar. En mi casa solo se oyeron risas. Jesús le caía genial a mi padre. Le dijo que le iba a presentar a mi prima, la única soltera que quedaba en mi familia y una chica que, la verdad, era muy guapa. Seguramente harían muy buena pareja. Sara era muy inteligente y sabría apreciarle. Después de la cena, Jesús y yo salimos a dar una vuelta por el campo.
Nunca le había enseñado la parte del río que pasaba por detrás de nuestra hacienda, asi que le llevé allí. Por el camino me preguntó por mi prima. No sabía por qué pero era algo de lo que no me resultaba cómodo hablar. Le prometí que al día siguiente la llamaría. Cuando llegamos al río nos sentamos en una mesa de madera que mi padre había colocado allí hacía años. La luz de la luna se reflejaba en el agua del río. Me quedé mirando el fulgor del agua hasta que Jesús me dió en el brazo: “Vuelve al mundo real. Baja de la nube”. Al darme la vuelta lo primero con lo que me encontré fueron sus ojos. Esos ojos que un meses antes me habían mirado causandome esa sensación que todavía no había sido capaz de reconocer. Y en ese momento volvió. Ese mismo escalofrío. Pero mientras miraba ese azul incandescente la sensación que había recorrido todo mi cuerpo frenó de golpe en el estómago. Era algo parecido al dolor de estómago, pero que debaja un sentimiento agradable. Demasiado agradable… Fue ahí cuando me asusté. Me levanté de golpe de la mesa. No sabía que hacer, no sabía como moverme, no sabía a donde ir. Me quedé en la orilla del río. Tenía un nudo en la garganta y me daba pánico que Jesús se diera cuenta de lo que acababa de pasar. Noté que se levantaba de la mesa y que seguía mis pasos hasta donde yo me encontraba. Se puso a mi lado y siguió mirandome. No quería girar la cabeza, no quería mirarle a la cara. Pero fui demasiado debíl. Volví a encontrarme con sus ojos. Me era imposible dejar de mirarlos. Entonces pasó algo que no recuerdo con claridad. No recuerdo el hecho en sí, porque el sentimiento, lo que experimenté, fue algo que no olvidaré jamás. Jesús acercó su mano a mi cara mientras en la suya se esbozaba una sonrisa de comprensión. Cuando noté su mano cerré los ojos. Empezó a acariciarme la nuca mientras se acercaba a mi. Se aproximó a mí. Cada vez nuestras caras estaban más cerca. Nos quedamos unos segundos mirándonos fijamente. Fueron segundos eternos. Y ahí no pude más. No era dueño de mis actos. No tenía voluntad propia. Aún con los ojos cerrados… le besé. Acerqué mis labios a los suyos y le besé. Ese nudo que ocupaba mi garganta se deshizo como por arte de magia. Me relajé. Le apreté fuerte entre mis brazos. En ese momento solo deseaba quererle. Que solo estuviéramos él y yo en el mundo. Que esa noche fuera eterna, que no acabara nunca. Que ese beso fuera la puerta a un paraiso sin fin…
(CONTINUARÁ…)

