En los últimos años de mi vida he tenido una tendencia incorregible hacia la música poco reconocida en España. Claro que me gusta gente de aquí y de allá que siempre hace un alto en el país, pero da la casualidad de que mis cantantes fetiche cuentan con todas las probabilidades de dar un concierto en Tombuctú antes que aquí, véase Gavin DeGraw (sólo conocido en EEUU) o 30 Seconds to Mars (con gira inmensa por Europa pero sin parada en España). Pero, a veces, y sólo a veces, tengo la suerte de poder disfrutar de buena música en directo.
Hace ya casi un año tuve la oportunidad de ver a The Script en directo en la sala Heineken de Madrid. Un concierto alucinante. Duró poco más de una hora pero fue algo asombroso. Además, gracias a este concierto, descubrí a Gary Go, su telonero ese día, que después de pisar brevemente tierras españolas, no creo que lo vuelva a hacer en la vida (cosa que me dará una excusa perfecta para planear un viajecito a Londres y de paso disfrutar de su música).
Hace dos días, tuve suerte otra vez: Milow en concierto en la Sala Joy Eslava. Y ahí que estaba yo. Y si The Script me gustó, Milow me enamoró. Empecé a escucharle en el Erasmus (por eso de que él es belga; incluso visité su ciudad natal, Leuven) y me tenía agarrada todo el día a mi iPod escuchando una y otra vez The Ride. Fue entonces cuando me enteré de que visitaba Madrid e invité a un amigo (el mismo que me regaló las entradas por mi cumpleaños para ver a The Script) a venir. Nunca he visto un artista tan cercano y tan humilde. El tío es mundialmente conocido en este momento, podría habérselas dado de estrella, pero se bajó del escenario mientras sonaba Ayo Technology y cantó rodeado de todos los que estábamos en aquella sala. Un momento que no olvidaré nunca, por impactante y por especial.
Pero eso no fue todo. Al final del concierto, bajó al hall de la sala y estuvo firmando discos y haciéndose fotos con los fans. Yo, por supuesto, no me iba a quedar mirando la escena, así que entré en acción y conseguí mi firma y mi foto. Estaba tan nerviosa que no sé ni en qué idioma le hablé, pero debió entenderme, porque ahora tengo de fondo de pantalla una espectacular foto con él.
Qué decir del concierto… IN-CRE-I-BLE. No sabría decir qué me gustó más. Porque tiene una voz perfecta (aunque El País se empeñe en decir que le falta personalidad), compone que da gusto, utiliza el acústico como a pocas personas he visto y, además, tiene un directo espectacular, de esos que te saca la sonrisa y consigue que la lagrimilla haga su aparición estelar de última hora. Cuenta con Nina, que tiene una voz suave y que le da un toque especial a las canciones, y un guitarrista que toca que da gusto. Creo que todos alucinaron un poco con la audiencia madrileña: nos sabíamos todas las canciones y no hubo un solo minuto en que dejáramos de animar. Somos latinos, baby, lo llevamos en la sangre.
También, gracias a mi afición por los teloneros, descubrí a Martin&James, la versión escocesa de Pereza, solo que un poco más country, que animaron la espera como nadie. Ya me he puesto a indagar sobre ellos y estoy a la espera de que salga su disco (de momento solo cuentan con un EP, Bad Dreams).
A veces, pero solo a veces, merece la pena que te gusten artistas diferentes, porque puedes ver perlas como la del viernes. Me gusta la música en directo y me gustan los buenos artistas. Con pelo y si pelo.



