Si hoy me dijeran que voy a morir y solo tuviera 24 horas, no pararía de llorar. Por lo menos al principio. Claro síntoma del temor que le tengo en estos instantes a dejar de vivir y a perderme lo que viene, lo que la vida tiene reservado para mí. No tendría la valentía suficiente para afrontar que pocas horas después mi nombre pasaría a engrosar las esquelas de El País del día siguiente.
Me encantaría no parar de reír, que mi padre me dijera que me quiere, que mi madre se quedara a mi lado acurrucada como cuando era pequeña y que mi hermana viniera a darme todos los besos que nunca le dejo que me de. Querría tener a mis amigos lo más cerca posible, pero los de verdad, los que me conocen y, a pesar de eso, me quieren. Nada de fingir que me cae bien gente que no soporto. En mis últimas 24 horas no habría tiempo para eso.
No pararía de comer y querría saber el final de todas las películas, de todos los libros y de todas las series que nunca he podido ver o leer. Escribiría una carta a cada persona que ha ocupado un lugar en mi mente y en mi corazón para decir todo lo que nunca dije. Haría alguna locura, de esas que se cuentan desde un sofá carcomido por el tiempo a los nietos sentados en tus rodillas. Iría a ver el mar y me pasaría por alguna piscina.
Y, sobre todo, no perdería el tiempo en la universidad, en el trabajo, en recoger, en limpiar, en planchar,… Nada que odie y deteste pero que haya que hacer. Me permitiría el lujo de no hacer todo lo que es lo correcto, sería rebelde por un día.
Serían solo 24 horas, pero tendrían que ser las más felices de mi vida.
Perdona que irrumpa en tu espacio, pero esta entrada me ha dado que pensar. Nunca me lo he planteado.
Creo que no intentaría todo lo que dices porque me daría angustia darme cuenta que no hay tiempo suficiente en 24 horas para todos mis amigos, todas mis amigas, mi familia. No podría ir al mar porque Berlín no tiene mar (pero me gustaría). Me daría miedo contemplar cómo pasan las horas y que todavía quedara alguien que abrazar, que besar, que mirar a los ojos y decirle te quiero. Mucho miedo.
Yo me sentaría en el campo y me inyectaría esa droga que dicen produce el placer más grande jamas experimentado. Despacio. Sin prisas. Al rato, quizá a las horas, me subiría a la Fernsehturm de Berlín y me dejaría caer. 365 metros de caida libre. Como un pajaro.
Pero nunca ocurrirá porque Qāyin, a causa de su castigo, es immortal.