Ni principio ni final. Siempre un bucle infinito. Una rueda que no para de girar. Pero no se rinde: sigue buscando la piedra que haga que tripiece, que se detenga. Una vez creyó encontrar una, pero no debió ser lo suficientemente grande, porque la maquinaria pronto volvió a ponerse en marcha, aunque mucho más despacio, como si le costara subir una cuesta empinada.
No será porque no ha puesto trabas y no ha inventado excusas inverosímiles y sesudas; pero nada, no lo consigue. Lo ha intentado, de veras. El problema es que no busca un clavo, busca una piedra, una fuerza interior oculta entre luces y sombras que resuja, cual ave fénix, de las cenizas que quedan de ella, de la que fue, y que la haga pensar en la vida como alguien de su edad, no como una persona que hubiera cambiado el mundo, su presente y su futuro por pasar un solo minuto a tu lado.
A veces sigue imaginándose cómo hubiera sido su vida si esa noche tu respuesta hubiera sido otra, si tú también hubieses decidido cambiar tu vida por ella. Pero quisiste mantener algo que nunca ha vuelto a ser igual, algo que echa demasiado de menos: una simple amistad donde ella se negaba a creer que te pudiera querer tanto.